
Cobijado
bajo el rocío y el murmullo del amanecer fue tanta la lluvia que
cayó en el cauce de mi imaginación, que la última gota formó un
manantial desnudo que caminaba por el camino de sus aguas
solitarias, reflejadas en el oleaje que fingían las nubes en un
cielo gris, quince minutos antes y, desde el rumor de su orilla
opuesta, una hermosa joven observa a otra tan linda como ella
que, al acercarse, me di cuenta que eras tú misma en una sóla
lágrima que se deslizó por mí rostro dibujando recuerdos como el
alivio de un suspiro, y la sonrisa del agradable aroma de la voz
dormida de tu ausencia que conmueve el silencio que me acompaña.
Pese a los diecisiete años de tu ausencia hoy he decidido hojear
el oro quemado de la edad, el álbum de tus fotos para
resucitarte y elegir aquella joven inteligente y perspicaz con
sus alas de primavera sentada en la mirada del abismo, aunque
vivas en la estación del tiempo rezagado, navegando en el otoño
de las rosas. Son diecisiete años y te fuiste a los veintidós y
aun te sigo echando de menos, que me obligan a construir mis
soledades que transformo en esa vida que tú no tienes y que
busco cada día, ahora que a mis sesenta y cinco me siento como
un niño travieso, al igual que Lucas con sus tres meses de edad,
tu sobrino y mi nieto que nos mira a todos y se ríe, porque sólo
él sabe que su risa angelical son tiernas postales que nos envía
y recuerda tu infancia. Lucas goza y sueña como un ruiseñor y
esas postales llenas de alegría que nos hace llegar a través de
sus ojos escrutadores, animados por la sonrisa que asoma a sus
delicados labios, brillan siempre como una infinita añoranza,
abriendo una ventana para que veamos el alma que nos invita a la
búsqueda de su comprensión.
Platón decía que en las nubes del cielo vuelan las almas antes
de descender sobre los cuerpos, y durante ese vuelo, que es el
sueño eterno, las almas quedan inmantadas por esas ideas
metafísicas y nuestro pensamiento sólo es la forma de volver a
soñarlas.
Todos tenemos derecho a construirnos la propia eternidad, allí
donde espero encontrarte algún día bajo una densa luz color
fresa, porque siempre habrá un punto para nosotros en las
encandiladas estrellas escondidas en la bodega de tu alma que
son odas de cenizas, pues cada abismo contiene sus propios
héroes sumergidos en el velero que se hundió donde se quedan
otras voces eternas que tañen en el fondo del fin.
Siento hoy una sensación de añoranza de tantas cosas que no han
sido cuando ya el otoño se prepara para embestirme como un
animal herido. Más allá de aquellas nubes está la estación del
tren que tanto me fascina, aunque esta vez, sólo fuera para que
tú Larissa, vestida de liturgia misteriosa, acudieras a la cita
para que pudieras ver a tu papá vuelto tu sobrino Lucas, y lo
cargues, y lo mimas, y lo beses, con la delicada ternura que
eras, eres, tú misma, y yo lleno de hilillo de baba en la
mejilla feliz, volviendo a ti hija mía en la memoria, pues no
son las grandes tragedias las que echan abajo el teatro de
nuestras vidas, sino la muerte de una hija fiel y respetuosa que
sin darme cuenta me sustentaba.
La
memoria se fija en la niñez y nos da la identidad, lo primero
que se aprende es lo último que se olvida, si los recuerdos se
pierden uno se despide de sí mismo, porque se recuerda lo que se
siente, aunque nadie muere jamás, siempre queda detrás del lugar
desde el que viene su eco amparado en el texto de aquel o
aquella que lo amó. Cuando hablo de ti conmigo mismo presiento
que vas a aparecer, encendiendo todas mis melancolías, todas mis
nostalgias ya cansadas cual indiferencia del buque que se aleja
del puerto y de las orlas de pañuelos blancos y tristes que le
dicen adiós, adiosito al viento y al olor de tu ternura.
Me
afeité, me alisé el bigote y me puse buen mozo y salí temprano,
antes del alba, hacia la estación de ése tren expreso que venía
rompiendo distancia confiado en que va a encontrar su destino
como fanal que enciende la aurora y, en el trayecto, me
encontré con una sonrisa vigorosa, grande y redonda del primer
sol del otoño y de misericordia que convirtió el cielo en un
sólo murmullo de brasas, enriqueciéndolo con una variedad de
tonalidades templadas que lo hacían sublime, y que me invitaba a
seguir sus pasos amarillos.
Y
como en ésa sonrisa creí verte, mientras más me acercaba a el
más te alejabas de mi, hasta que tú y el sol desaparecieron
inalcanzables, detrás de nubes y montañas del Este, con todos
mis días de la semana. No sé si era el sol o tú sonrisa –eterna
novia del viento- lo que entonaba la belleza de esa mañana
radiante, lo que sí vi fue cuando ambos dirigían sus pasos sobre
las azules y verdes y serenas aguas del mar como si este fuera
un arroyo quieto como el olvido. El tren cabalgaba en dirección
hacia aquella estación, hacia el Páramo del breve e intenso Juan
Rulfo, sobre los rieles de lo que soy, un sueño triste que ara
sus ruinas desnudas alumbrando retazos de tiempos perdidos. El
tiempo pasa (qué fue de nosotros) y voy camino a perder mis
plegarias más dulces; aunque pienso, a veces, que esta soledad
no me dejará solo.
En
esta estación me arrimé a esperar tu llegada con mis manos
llenas de rosas y azucenas, margaritas y girasoles, claveles e
ilusiones para ver si se cumplía lo que me prometiste en el
destello alucinado de mi pensamiento. El tren no se detuvo.
Apresurado, se llevó en uno de sus asientos mis deseos de volver
a verte a ver y mis rosas se quedaron sin pétalos que
envolvieron mi derrota colosal de tu inexistencia.
No
obstante, aun así, me aferré al extraño encanto de mi melancolía,
a la que atiende al hablar de las cosas, no sólo a las personas,
sino a las flores, a los espacios, a la nada, y cuando el tren
se esfumó en los legajos más hondos de mi imaginación, resurgió
en mi el consuelo, el de tanto esperarte y pensé que, de tanto
esperarte, ya habías llegado aunque un adiós infinito me dejó
herido y casi muerto como los brazos de un náufrago desesperado.
¿O, tal vez, nunca te has ido?
Mentira es lo que engaña al propio mentiroso. Eso es lo que soy
un vehemente mentiroso que oníricamente quiere decir la única
verdad de su hija muerta. El tren continuó su marcha mordiendo
los olvidos de ése viento dulce en un amanecer de este noviembre
inolvidable, duro y cruel, mientras una hoz de luna se escondía
detrás de mi almohada como una hacha de seda.
Lucas sabe lo feliz que se siente porque aún no conoce cómo pasa
el tiempo; y pronto sabrá de ti porque el alma pura nunca muere
y, más allá de la eternidad brillarán tus huellas, por eso, los
años de tu ausencia pasan y sigues con nosotros.
Esa ausencia proviene de tu mítica presencia creada por la
fuerza de tus nobles recuerdos y de mi nostalgia.
Siempre estamos cerca de ti aunque no nos veamos porque se qué
tu ausencia, la muerte, es un ser de lejanías. Pero tú no.
Imposible quererte más. Somos nuestra infancia y a ella se
regresa siempre. El gran comunista y referente moral portugués,
don José Saramago nos decía “que uno va con el niño que fue”.
Pasan los años pero no tu recuerdo. La presencia de tu ausencia
es inmensa, sin estar, estas, aunque mis ojos fatigados me
duelen de no verte y sigo llorando mucho, muchos días como una
fruta magullada en noches de clámides impávidas. No te veo pero
te sueño y continúas viviendo en la verdadera vida de tu
imborrable memoria, dolorida, frágil, como aquella despedida
nuestra en medio de brumas y pesares.
Aún
rueden las hojas de los almanaques, las verdaderas y las del
espíritu, a Lucas se le educará en el deber de recordar como
decía don Luis Cernuda “recuérdalo tu y recuérdalo a otros”,
porque la memoria es la condición necesaria no solo para
establecer diferencia entre el ser y el estar, que es el olvido,
sino también para el logro de nuestra identidad. Somos nuestra
memoria, lo que recordamos y gracias a ella tú eres inmortal en
el fundamento moral de recordarte hija mía.
Lucas es un pozo de ternura que trepa sobre la espalda que tú
ausencia medita mi soledad y él se afana por brindarme la
alegría mía y tuya que te llevaste, y cuando uno ya tiene cierta
edad empieza a recordar aquellos lugares mágicos de la infancia
y de aquella infancia tuya, es como empezar a despedirme de esos
lugares con gozo; eso es Lucas para mí, bienestar.
Porque todo en la vida se rompe o se pierde menos el elfo de la
luz de los duendes, de los fantasmas, de los cuentos, de las
fábulas que nos conducían hacia la isla del tesoro, pues no hay
materia más combustible que aquella de la que están hechos los
cuentos como sustancia del tiempo y los “Érase una vez”, cual
relato que nos traen rumores de embravecidas olas del mar que
llegan mansas para acostarse en la orilla, y ponernos a soñar
para que siempre lleguemos al lugar donde nos esperan.
Aunque debemos tener cuidado porque a veces, los cuentos se
pierden al ser contados. La verdadera dimensión de la ternura y
de la inocencia carismática de Lucas es cuando él en su mundo
interior, que sólo él conoce, se mira y nos mira con la bondad
de sus ojos para multiplicarte en cada una de sus miradas, por
la puerta que da al cielo para inclinarse y saludar con fervor a
su tía Larissa y recordarme esa misma mirada como trillo leal de
su corazón. El es un espejo que me devolvió una imagen actual de
mi mismo y, en el interior de ese espejo, creí verme jugando con
mis hermanos y los juguetes que los Santos Reyes nos dejaban en
aquel otrora santo día, y el azogue me trajo también a una bella
mujer, afanosa, bordando en una Singer de pedal y a un hombre
trabajador y cabal guiando un Opel Kapitan primero y un
Chevrolet del 54 después, que con sus llantas, cimbreaban las
vías de ésta ciudad que creo ya no existe, entonces recordé unos
versos del británico William Wordsworth: “…pasados los años que
sea tu mente la morada que guarde aquellas formas hermosas de tu
vida…” .
En
mi habitación tengo tu fotografía y cada día te hablo y de doy
las buenas noches, y hago ante ti mi oficio litúrgico al momento
de acostarme y llamarte en mi sueño de vigilia para dialogar con
el misterio. Anoche sentí que deseabas darme algo, ahora
entiendo que eran tus diecisiete años de ausencia vestidos con
todos los recuerdos de los momentos felices que pasamos junto a
ti.
Homenaje a la Santa Larissa Alexandra Cabrera
Almonte, de su mamá Milagros Almonte, de sus hermanas Liza y
Melissa Cabrera Almonte y de su papá José_Dorín_Cabrera
5 de noviembre 2011.- |